La campana sonaba a las 5:30 de la tarde, sus ondas metálicas se filtraban por todos los rincones de la escuela; no era muy grande, por lo cual se sentía bastante clara la señal de salida. Corríamos como locos buscando las maletas mientras intentábamos grabar la tarea para el día siguiente.
Mi casa quedaba a unos 3 ó 4 kilómetros de la escuela, lo que para un chico de apenas 7 años era un gran recorrido. Éramos nuevos en el lugar, yo era nuevo en la escuela, pero ya había hecho amistad con un niño del mismo curso que vivía unas cuadras más lejos de mi casa, uno de esos chicos que cumplen con los requisitos para ser tu amigo, según mamá.
Mamá por esa época estaba sin trabajo, subsistíamos con el dinero de la pensión del abuelo, que no era una gran cosa, pero que podía darnos de comer y pagar la renta. El abuelo había venido a vivir con nosotros de nuevo, luego de haber ido a un ancianato para darse cuenta que estaba mejor en su casa. Mamá administraba de forma milagrosa los pocos pesos, jamás recibí una moneda extra a lo necesario; ella también había calculado el tiempo que demoraba mi viaje de la escuela a la casa, y cualquier demora sin aviso sería castigada, no tenía una moneda para llamar por lo cual el paso debía ser sin retraso.
Luego de un tiempo de ir y venir a la escuela con mi amigo vecino, los castigos por demoras se incrementaron, todo por culpa de un viejo acuario que contenía unas cuantas piedras, el cual había decidido llenar con peces.
Cerca a la casa pasaba un riachuelo cristalino, con una especie de pez que llamaban “de río”, la verdad, nada exótico ni que fuera digno de poner en un acuario; sin embargo, creernos pescadores, con el morral al hombro lleno de libros y tareas, con vasos plásticos en vez de cañas y bolsas con unos cuantos alevinos hacía que olvidara aquellas palmadas que iba a recibir en cuanto llegara a casa.
Fueron muchas semanas, muchos castigos, y lo triste además del dolor era ver como mis ejemplares en aquel acuario morían cada día, obligándome a ir de nuevo cada tarde sabiendo las consecuencias; no encontraba explicación a tal hecho.
No recuerdo cuando desistí de ir al riachuelo, creo que fue cuando mi amigo de pesca se mudó a otro lugar, o cuando preferí ver los peces nadando libres a tener que verlos cada día arrastrados por el agua del sanitario.
Muchos años después en una tienda de peces, luego de comprar unos cuantos, comprendí el porqué de las muertes al escuchar una de las recomendaciones del vendedor:
“No puedes dejar los peces en agua de la llave, sin antes aplicarle anti-cloro”.
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