Para dar clic en el botón de enviar, o presionar el botón llamar, o pronunciar esa palabra… definitivamente no se puede tener la cabeza caliente, porque ahí es cuando lo que va mal empieza a ir peor.
Sí, yo practico ese ejercicio de retener la ira que quiere salir, de esperar a que se me pase la furia y mejor responder después. Supongo que es más sano tanto para mí como para el destinatario de mi opinión. Es claro que la paciencia, como todo en la vida tiene límites; también, que sencillamente ese ejercicio a veces nos lo pasamos por alto y pum! estallamos.
Desde que comencé a escribir pensé que no tendría que haber una razón especial para hacerlo, pues es algo que fluye, que hala, que pasa y ya, como la vida, que sucede y uno sucede con ella. También pensé que algo que sí era evidente al hacerlo es esa catarsis a la que se somete la mente, que purifica y aliviana las cargas, más no las suelta del todo. Yo también elijo qué escribir, porque no es algo que deba hacer bajo presión, pero siempre he considerado que debe haber una disciplina y que más que un hábito debe ser algo que se disfrute. Es uno de esos espacios, como los que se tienen pocos en el diario vivir, en el cual se deja de decir lo que el otro quiere escuchar y se pasa a escribir lo que se quiere decir . No quiero que esto se mal interprete, aclaro que “decir lo que el otro quiere escuchar” no es un tema de falcedad ni de hipocresía en mi caso, es más bien una cuestión de supervivencia que atañe al ser humano; al igual que la ética, la moral y la verdad: es la forma como negociamos con el mundo y ponemos sobre la mesa nuestras consideraciones de manera diplomática para no salir heridos.
A veces hay días o mejor, momentos del día, en que nos toca decir lo que otros no quieren escuchar. Como hace un momento. Y bueno, claro que salí herido, salimos heridos.
Pienso que las batallas que se libran con armas son agresivas; no sé si sea la manera de decirlo, pero de alguna manera son: “más fáciles” porque hay una voz que se silencia, una mente que se calla y el asesino se lleva su aparente victoria y más tarde olvida su horrible acto y lo comete de nuevo.
Las batallas en las que se disparan palabras son fatales; dan en innumerables puntos débiles, son “más difíciles” de luchar porque producen heridas que desangran pero no matan, que impactan directo en la mente y suben el volumen de la voz, dejando a los guerreros cargados de pensamientos, sentimientos y lágrimas. Una sensación en el pecho de victoria que se ahoga en una gran derrota.
Quizá sentirse abrumado es uno de los síntomas de esa guerra, al igual que sentirse cansado por estar recordando y reconstruyendo cada frase que se dijo y que se escuchó.
La mayoría de las veces luego de girar mucho esa rueda de pensamientos encontrados, se descubre que es necesaria una disculpa por exceder esos límites y sobrepasarse de palabras; pero eso toma su tiempo, en mi caso, poco. Y aunque ya no es algo consciente, no es más que otra de esas negociaciones que hacemos con el mundo.
Mr.Öink