Serían como las 6 y cuarenta y pico de la mañana.
Llevaba a mi mamá como casi todos los días a su trabajo, por la misma ruta, a la misma hora. Habíamos discutido al salir de casa por lo que yo llamo tonterías de mamá… cosas ínfimas que toman para ellas un valor astronómico, en fin, cosas que hace algunos lunes, en los que antes de decir cualquier cosa le refuto diciendo: ¡Mamá, apenas es lunes, no comiences!. Esta vez era martes pero de festivo, mejor dicho una especie de lunes por la mañana y martes por la tarde. Comienzo de semana al fin y al cabo.
Sonaba la radio, no había palabra física entre ella y yo pero la sinergia cerebral lo decía todo, no hacía falta ni mirarse.
Aquello de entenderse es complicado pero bueno, al final todo irá bien en un par de días.
Giramos a la izquierda, noté que había crecido bastante un arbusto que sobresalía en la esquina y que ya comenzaba a obstaculizar la vista. Igual es una calle en un sentido, por lo cual no hay mucho problema.
A media cuadra había un trancón por lo cual, lógicamente nos detuvimos. Al final de la calle cruza una vía en paralela, es decir formando una T; quedamos frente a una fachada llena de balcones, un barrio tradicional. Para esa hora no hay mucha actividad en la zona, sólo algunos que corren a coger el bus porque seguro trabajan al otro lado de la ciudad.
No necesité mirar a mi mamá para saber que sus ojos estaban clavados en el mismo balcón que los míos.
La figura de una señora muy entrada en años, una mamá, de pelo canoso, piel curtida, un delantal andrajoso y su cara que dejaba calcularle la edad, sobre salía de su balcón mientras movía su mano izquierda en señal de despedida y en silencio veía alejarse al que supusimos era su hijo, quien ya había pasado la calle y estaba próximo a pasar a pie frente a nosotros.
Fue inevitable pasar del balcón y recorrer la acera con la mirada hasta el chico, al cual reparamos y deducimos que era su hijo por su pelo indio y su cara con rasgos compartidos. Vestía un traje elegantemente humilde, como de vendedor de enciclopedias. Además su maletín pendulante ya lo ubicaba en un oficio similar.
El pequeño trancón no se movía. Devolvimos la mirada al balcón, donde su madre había bajado su mano y ahora alzaba la derecha en un acto divino, que algún poder tendrá. En un acto ferviente, movió su mano en el aire de arriba abajo y de izquierda a derecha hacia el hijo que marchaba presuroso perdiéndose entre aquel arbusto frondoso, sin siquiera molestarse por mirar si la anciana permanecía aún en el balcón. La mano arrugada que ondulaba en el aire luego se acercó a su frente, su pecho y sus hombros.
El silencio seguía, la sinergia estaba ahora enfocada en los recuerdos.
De pequeño no entendía qué era ese juego de manos que al despedirse o antes de acostarse practicaba mi mamá y yo repetía sin ningún sentido.
Un poco más grande comprendí y simplemente lo hacía en respuesta al de mi mamá.
Poco a poco eso se fue desfigurando y prefería hacerlo menos evidente cada vez, quizá por cosas de adolescente que se reusa a la religión y porque además no me gustaba hacerlo en público, me parecía ridículo.
En lo que quedaba de camino pensé en el significado de esa mano despidiendo a su hijo. Imaginé que ese gesto era el mismo para los hombres que salían de casa a vestirse de soldados para la guerra y que algunas veces funcionaba; y que era el mismo que despedía también a los hombres que salían para hacer la guerra y que algunas veces lo lograban.
Manos de madres que despiden a ingenieros, labriegos, políticos, ladrones, curas, conductores, secretarias, ministras, prostitutas… a hijos.
Habíamos llegado, mi mamá cogió su lonchera y su bolso. Yo la miré en silencio esperando la despedida, me dijo: -que tengas buen día-, yo me acerqué, cogí su cabeza y le di el beso en la frente de siempre, y la vi bajar.
Hace muchos años que prefiero mejor un beso.
Mr.Öink
9 noviembre 2011 a las 11:00 |
Ey que chimba…me gusto mucho… deberías ser copy!!! Piensa…