Patos al agua

5 enero 2012

Hace unos días asistí a una charla, de esas que nos cambian la vida.

Estuve tentado de acercarme a la exponente para decirle sólo un par de conclusiones que tenía en ese momento y que hoy continúan siendo la conclusión final.

Quería decirle: -Oiga, gracias por la conferencia, pero la verdad es que me hizo sentir como un pendejo”…

Supongo que ella diría: -¿De verdad?, uish! y ¿eso por qué?…

Y mi respuesta, que corresponde a la segunda conclusión sería: -Porque usted me hizo pagar por echarme un cuento que yo ya me sabía y por el que he pagado una y otra vez, pero que por pendejo he olvidado una y otra vez.

Fin de la conversación.

¿Por qué y para qué pasarnos la vida viviendo la vida de otros? ¿Acaso no es suficiente con lidiar con la nuestra?

No encuentro sentido a tratar de ser la realización del sueño de otro. Eso es olvidar los propios que además son PROPIOS; que cada cual se busque los suyos que hay bastantes disponibles.

Una de esas cosas bonitas que tenemos es la intuición, es como dar vueltas y vueltas hasta marearse y luego salir a correr: no tienes claro dónde terminarás, ni tampoco si te golpearás o llegarás hasta donde querías; lo único claro es que se ve borroso y se siente mareo.

Todos criticamos eso de tener una vida programada, como de telenovela; pero si nos descuidamos terminamos viviendo una tal y como no la queríamos. Como dice un grande amigo mío, “perderse es muy fácil” y yo digo, “enfocarse es muy difícil cuando tantos opinan”. Es muy fácil terminar siendo como ese que tanto detestamos.

Hay que preguntarse a cada rato qué vida queremos, cómo queremos vivirla. Es lógico que estamos en constante cambio pero por lo menos de esta manera caminamos hacia donde queremos. Puede ser que la intuición actúe en este caso como la ruta que seleccionemos para llegar allí; pero como escribí hace poco: “Sólo aprendemos a nadar cuando decidimos tirarnos al agua” y no discuto que no se puedan tener salvavidas cerca, al contrario seríamos unos idiotas si no lo hiciéramos así. Hay que ser como los primates que no sueltan una rama sin tener la otra empuñada. Tampoco dejarlo todo a la intuición.

Para nadie es nuevo que la vida es un cuento de riesgos, de tomarlos, atreverse, lanzarse, tirarse al agua para aprender a nadar; de nosotros dependerá el estilo con que nademos. No siempre estará el salvavidas listo para sacarnos, entonces por eso hay que armarse de valor, dejar el miedo y tener bien inflados los flotadores.

Algo bueno es mezclar inteligencia con intuición, es dejarse llevar pero sabiendo hasta donde.

Mr.Öink

Palabrerías

4 enero 2012

Para dar clic en el botón de enviar, o presionar el botón llamar, o pronunciar esa palabra… definitivamente no se puede tener la cabeza caliente, porque ahí es cuando lo que va mal empieza a ir peor.

Sí, yo practico ese ejercicio de retener la ira que quiere salir, de esperar a que se me pase la furia y mejor responder después. Supongo que es más sano tanto para mí como para el destinatario de mi opinión. Es claro que la paciencia, como todo en la vida tiene límites; también, que sencillamente ese ejercicio a veces nos lo pasamos por alto y pum! estallamos.

Desde que comencé a escribir pensé que no tendría que haber una razón especial para hacerlo, pues es algo que fluye, que hala, que pasa y ya, como la vida, que sucede y uno sucede con ella. También pensé que algo que sí era evidente al hacerlo es esa catarsis a la que se somete la mente, que purifica y aliviana las cargas, más no las suelta del todo. Yo también elijo qué escribir, porque no es algo que deba hacer bajo presión, pero siempre he considerado que debe haber una disciplina y que más que un hábito debe ser algo que se disfrute. Es uno de esos espacios, como los que se tienen pocos en el diario vivir, en el cual se deja de decir lo que el otro quiere escuchar y se pasa a escribir lo que se quiere decir . No quiero que esto se mal interprete, aclaro que “decir lo que el otro quiere escuchar” no es un tema de falcedad ni de hipocresía en mi caso, es más bien una cuestión de supervivencia que atañe al ser humano; al igual que la ética, la moral y la verdad: es la forma como negociamos con el mundo y ponemos sobre la mesa nuestras consideraciones de manera diplomática para no salir heridos.

A veces hay días o mejor, momentos del día, en que nos toca decir lo que otros no quieren escuchar. Como hace un momento. Y bueno, claro que salí herido, salimos heridos.

Pienso que las batallas que se libran con armas son agresivas; no sé si sea la manera de decirlo, pero de alguna manera son: “más fáciles” porque hay una voz que se silencia, una mente que se calla y el asesino se lleva su aparente victoria y más tarde olvida su horrible acto y lo comete de nuevo.

Las batallas en las que se disparan palabras son fatales; dan en innumerables puntos débiles, son “más difíciles” de luchar porque producen heridas que desangran pero no matan, que impactan directo en la mente y suben el volumen de la voz, dejando a los guerreros cargados de pensamientos, sentimientos y lágrimas. Una sensación en el pecho de victoria que se ahoga en una gran derrota.

Quizá sentirse abrumado es uno de los síntomas de esa guerra, al igual que sentirse cansado por estar recordando y reconstruyendo cada frase que se dijo y que se escuchó.

La mayoría de las veces luego de girar mucho esa rueda de pensamientos encontrados, se descubre que es necesaria una disculpa por exceder esos límites y sobrepasarse de palabras; pero eso toma su tiempo, en mi caso, poco. Y aunque ya no es algo consciente, no es más que otra de esas negociaciones que hacemos con el mundo.

 

Mr.Öink

pronto

12 diciembre 2011

Una cosa va tras otra, o delante, en fin. Como sea que vayan, pero la historia es que pareciera que los sucesos van encadenados, es inminente su realización, simplemente tienen que pasar y bueno, pasan. Me cuesta creer en las coincidencias, más bien es que caminamos tan cerca que hacemos esos encuentros o logramos que la “alineación” se de.

Lo que si es claro es que cuando generamos un entorno en función de algo que queremos vamos moviendo el mundo y sus cosas para culminarlo. No me importa saber cómo se hace, pues me desconcentraría buscando explicaciones; mejor trabajo cada instante y después de alcanzado disfruto el fruto del esfuerzo.

Vamos a seguir trabajando, dando pasos, venciendo lo que se atraviese, mirando adelante, imaginando que saldrá bien.

Piensa lo bueno y se te dará. No es cuestión de fe, es disciplina.

Mr.Öink

1 no x 3 sís

10 noviembre 2011

La vida está llena de días y los días llenos de palabras, entre miles, está la palabra NO.

Dos letras que forman una palabra simple que en la mayoría de los casos, en que sale de la boca de algún individuo causa inconvenientes, decepciones, desilusiones y hasta imposibilita.

NO podría recordar cuántas veces he recibido un NO como respuesta, tampoco puedo calcular al día cuánto la escucho, sin embargo al igual que muchos puedo recordar aquellos que me han hecho la vida un nudo por un momento que pareciera eterno y que luego con el perseverar se desata. Es una fortuna que mi lista de momentos NO sea corta, tanto que hasta me quepan en una mano.

NO voy a atribuirle esto a la suerte, tampoco a mi buen actuar como ciudadano del mundo y menos a que me haya atrevido poco. Quizá sea el suceder de las cosas, el estar pensando en SÍ todo el tiempo y en todos lados. Oen un acto de fé cínico diría: porque así tiene que ser.

El transitar por la vida me ha permitido ver los NO de forma diferente; en un escrito anterior exponía mi condición frente a estos y cómo prefería verlos desde otra posibilidad con la que prefería trabajar el doble y mejor para buscar y encontrar el SÍ.

Hace poco recibí un NO. Fue como un golpe seco, que aturde y deja sin saliva la boca; uno se sale por segundos del mundo y se ve a sí mismo ahí, pequeño, a la deriva, sometido a la decisión de un tercero y su incompetencia. Es difícil que la ira no invada el cuerpo y se quiera dar una lucha a muerte con argumentos. Pero, un vidrio de 10 mm reforzado dejan por fuera a cualquier gladiador.

Después caminé, despacio, con la frente bien puesta y el fundamento donde tiene que estar; tranquilidad de tener todo tal como debe ser y con la idea no conformista sino realista que rebota de pared a pared mental: “NO era el momento para un SÍ”.

Ahora estoy en casa, sin afanes de conseguir ese SÍ, pues como ya dije depende de un tercero y su humanidad, y caramba que si somos bien complejos los humanos. Seguro llegará y no hay que apresurarse ni hacer cosas descabelladas como tantos.

Ahora ellos están donde yo no, sin afanes porque obtuvieron su SÍ, que también fue definido por la gracia de otro ser.

Muchos creen que el mundo se desbarata y no vuelves a ser el mismo. Pero, que el mundo se desbarate muy difícil; que no vuelvas a ser el mismo, cada día nos levantamos otros, siendo los mismos.

En fin, no pasa nada, el mundo sigue en su andar y cada día es una nueva oportunidad para conseguirlo. El día que me dijeron NO salí a la calle y encontré un manojo frondoso de SÍs.

Mr.Öink

Beso a mamá

8 noviembre 2011

Serían como las 6 y cuarenta y pico de la mañana.

Llevaba a mi mamá como casi todos los días a su trabajo, por la misma ruta, a la misma hora. Habíamos discutido al salir de casa por lo que yo llamo tonterías de mamá… cosas ínfimas que toman para ellas un valor astronómico, en fin, cosas que hace algunos lunes, en los que antes de decir cualquier cosa le refuto diciendo: ¡Mamá, apenas es lunes, no comiences!. Esta vez era martes pero de festivo, mejor dicho una especie de lunes por la mañana y martes por la tarde. Comienzo de semana al fin y al cabo.

Sonaba la radio, no había palabra física entre ella y yo pero la sinergia cerebral lo decía todo, no hacía falta ni mirarse.

Aquello de entenderse es complicado pero bueno, al final todo irá bien en un par de días.

Giramos a la izquierda, noté que había crecido bastante un arbusto que sobresalía en la esquina y que ya comenzaba a obstaculizar la vista. Igual es una calle en un sentido, por lo cual no hay mucho problema.

A media cuadra había un trancón por lo cual, lógicamente nos detuvimos. Al final de la calle cruza una vía en paralela, es decir formando una T; quedamos frente a una fachada llena de balcones, un barrio tradicional. Para esa hora no hay mucha actividad en la zona, sólo algunos que corren a coger el bus porque seguro trabajan al otro lado de la ciudad.

No necesité mirar a mi mamá para saber que sus ojos estaban clavados en el mismo balcón que los míos.

La figura de una señora muy entrada en años, una mamá, de pelo canoso, piel curtida, un delantal andrajoso y su cara que dejaba calcularle la edad, sobre salía de su balcón mientras movía su mano izquierda en señal de despedida y en silencio veía alejarse al que supusimos era su hijo, quien ya había pasado la calle y estaba próximo a pasar a pie frente a nosotros.

Fue inevitable pasar del balcón y recorrer la acera con la mirada hasta el chico, al cual reparamos y deducimos que era su hijo por su pelo indio y su cara con rasgos compartidos. Vestía un traje elegantemente humilde, como de vendedor de enciclopedias. Además su maletín pendulante ya lo ubicaba en un oficio similar.

El pequeño trancón no se movía. Devolvimos la mirada al balcón, donde su madre había bajado su mano y ahora alzaba la derecha en un acto divino, que algún poder tendrá. En un acto ferviente, movió su mano en el aire de arriba abajo y de izquierda a derecha hacia el hijo que marchaba presuroso perdiéndose entre aquel arbusto frondoso, sin siquiera molestarse por mirar si la anciana permanecía aún en el balcón. La mano arrugada que ondulaba en el aire luego se acercó a su frente, su pecho y sus hombros.

El silencio seguía, la sinergia estaba ahora enfocada en los recuerdos.

De pequeño no entendía qué era ese juego de manos que al despedirse o antes de acostarse practicaba mi mamá y yo repetía sin ningún sentido.

Un poco más grande comprendí y simplemente lo hacía en respuesta al de mi mamá.

Poco a poco eso se fue desfigurando y prefería hacerlo menos evidente cada vez, quizá por cosas de adolescente que se reusa a la religión y porque además no me gustaba hacerlo en público, me parecía ridículo.

En lo que quedaba de camino pensé en el significado de esa mano despidiendo a su hijo. Imaginé que ese gesto era el mismo para los hombres que salían de casa a vestirse de soldados para la guerra y que algunas veces funcionaba; y que era el mismo que despedía también a los hombres que salían para hacer la guerra y que algunas veces lo lograban.

Manos de madres que despiden a ingenieros, labriegos, políticos, ladrones, curas, conductores, secretarias, ministras, prostitutas… a hijos.

Habíamos llegado, mi mamá cogió su lonchera y su bolso. Yo la miré en silencio esperando la despedida, me dijo: -que tengas buen día-, yo me acerqué, cogí su cabeza y le di el beso en la frente de siempre, y la vi bajar.

Hace muchos años que prefiero mejor un beso.

 

Mr.Öink


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