Salí de casa, era mi día de descanso, el cielo estaba adoquinado de nubes grises por el invierno; un gabán, mi sombrero, la bufanda deshilachada por los años y algo de dinero en el bolsillo.
Había poca gente en las calles, el frío era inclemente y cualquier lugar que sirviera como fogón no caía mal; debía recorrer unas cuantas cuadras y no quise imaginar como estaría el tren, por eso caminé. Pensaba mientras tanto en qué podía ser útil y sorprendente, algo diferente, que cumpliera bien su función, que no me costara más de lo que tenía en mente; quería que fuera un buen regalo.
Luego de caminar unos 25 minutos llegué al lugar del comercio donde hombres ofrecían bailarinas de porcelana, cajas de música que susurraban canciones de cuna, jaulas con aves coloridas, juguetes de cuerda, bonsáis, y orquestas de latón que tocaban platillos y tambores; estaba en el mercado de las pulgas y hasta el momento no había visto nada de lo que tenía en mi lista.
Paseé por los toldillos y estéras copadas de cachivaches intentando encontrar alguno de mis pensados: un diario, una bonita cartera, unos aretes, una pieza de colección o un libro en buen estado. No era la lista más sorprendente pero si pensada para el servicio.
Los almacenes de grandes vitrinas y escaleras eléctricas quedaban unas cuadras más hacia el centro, con toda seguridad allí podía encontrar algo diferente sólo que a un precio sorprendentemente alto.
La razón de contar con poco dinero era el atrazo de mi pago, trabajaba en un edificio en el que me desempeñaba como conserje y cada que los inquilinos se demoraban con sus cuotas, la dueña, algo agria por cierto, me informaba con su voz tísica y su cigarro mordido entre los dientes que mi sueldo demoraría hasta el ajuste, y este por cierto, aún no llegaba.
Recorrí varias veces el lugar siendo más cuidadoso al reparar los ventorrillos para encontrar el detalle. Al parecer tendría que regresar a casa con la insatisfacción de un regalo “normal”.
Al estar dando la última vuelta, una señora entrada en años me tomó del brazo y me dijo:
“Parece que busca algo especial”, asentí con la cabeza mientras la reparaba un poco más.
“Tengo algo que puede gustarle”, se giró y vi entre sus hombros un tapete extendido en el suelo que durante mis minuciosos recorridos no había visto. Una cartera de cuero rojiza, unos aretes de conchas de caracoles, un soldadito fundido con su amada en brazos, un libro intacto acerca de El Universo, y hasta un diario con cierre de botón, se mezclaban entre los cuadros del trapo que servía de vitrina; en ese momento no supe que llevar. La mujer sonrió al ver mi asombro y mi indecisión, mientras tanto pude ver que desenvolvía de un terciopelo aquello que suponía yo estaba buscando.
“¿Cree que voy a llevar esto luego de haber visto los otros artículos?”. La mujer guardó su sonrisa, dejó caer el terciopelo y puso en mis manos el objeto.
“¿A quién se le ocurre regalar un paraguas?” -insistí. La mujer me miró a los ojos y me preguntó: “¿Has pensado en cuánto puede servirte un paraguas?”, me pareció una pregunta ridícula, y continuó: “supongo que alguna tempestad te ha alcanzado y ha hecho que vayas a casa buscando una ducha caliente, seguro no tuviste un paraguas; sé también que has caminado en verano a pleno sol de medio día, el que pareciera derretir la suela de tus zapatos y freír tu cerebro como un huevo, y lo que llevabas en la mano no ha alcanzado para darte sombra, no tuviste una sombrilla”; -era cierto pero nada más.
La voz de la mujer robó toda mi atención:
“Y si un día el pueblo se inundara hasta tapar los tejados, las personas nadarían buscando tierra firme, mientras tanto tú abrirías tu paraguas lo pondrías hacia abajo y entrarías en él para usarlo como balsa.
Estoy segura de que tampoco has cazado mariposas, es tan fácil como correr sosteniendo hacia atrás el paraguas abierto.
Podrías jugar a las escondidas con la luna, o mirar discretamente aquella nube que te gusta sin que ella se sonroje; en una lluvia de estrellas por ejemplo, podrías usarlo como recipiente para llevarlas y adornar tu casa.
Imagina saltar desde muy alto y abrir tu paraguas, dejarse caer suavemente, balanceándose, tratando de saber cuál es tu casa y tener un aterrizaje perfecto.
Subir hasta la cima de las montañas llevándolo como bastón, y si quisieras ver el amanecer desde allí también te serviría como tienda de camping.
¿Hace cuánto no pasas por el colegio? los chicos siempre están en su guerra de semillas, ya puedes retomar la ruta, sólo debes abrirlo.
Y si llegara el día en que tu amada decidiera dejarte, y tus lágrimas se convirtieran en una tempestad, estarías a salvo, triste, pero a salvo, esta vez en búsqueda de un trago caliente.
¿Has pensado en cuánto puede servirte un paraguas?”.
Busqué las monedas en mi bolsillo, la mujer envolvió de nuevo el paraguas en el terciopelo y rechazó con su mano el dinero. Me miró de nuevo a los ojos y dijo: “Hay muchas cosas que parecen no ser útiles a simple vista, siempre estamos fijándonos en aquello que aparenta tenerlo todo y termina siendo vacío. Lo simple se encuentra solo en lo simple y toma siempre un poco más de tiempo identificarlo”.
Esa tarde regresé a mi casa bajo un fuerte aguacero, con un regalo del cual no quería desprenderme,
un regalo perfecto.
MrÖink